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Estrellas fugaces (2005) Eduardo Mendoza
De Picasso a Pikachu (2005) William Jeffett
Anarchitekton. Habitar el decorado (2006) entrevista con David Benassayag
Reverso, instrucciones de uso (2003) Jean-Pierre Rehm
Las 'Gauloises Bleues' de Jordi Colomer (2003) Ramón Tio Bellido
Blindness and insight (ceguera y visión) (1998) entrevista con José Luis Brea
Un nombre fuera de lugar (1996) Jordi Colomer

COMPAÑÍA


 IGNASI DUARTE

“La-Re-Mi-La/ Festa de la Roba Bruta” propone rescatar del abandono social los dos lavaderos públicos del pueblo castellonense de Sant Mateu para que los vecinos laven de nuevo allí su ropa, como hicieron varias generaciones de mujeres hasta comenzados los años setenta. Una costumbre social que perduró hasta que el agua subió a las casas y las tuberías sustituyeron el chapoteo por la grifería. Y aparecieron los hombres disimulados de fontaneros profesionales. Poco a poco, asumimos nuestra primera revolución electrodoméstica y el pop art dejó de ser una idea extranjerizante. La vida en la calle tenía los días contados.
La mujer se liberó de transportar arriba y abajo la colada y con ese tránsito desaparecieron una manera de caminar, una forma de trabajar, también de relacionarse y de contar las cosas: el gracejo propio del clan y un léxico asociado a la actividad de lavar. Y un olor, la fragancia que aromatizaba las calles cuando había ropa tendida. Maneras de ser y de estar asociadas a una arquitectura hecha de reverberaciones: las propias de la luz y las que retumbaban por efecto del agua y de las palabras. La actividad enriquecía el espacio y camuflaba el recinto. No olvidemos que los lavaderos constituyen uno de los ejemplos de la llamada arquitectura del eco, cuyos antecedentes remotos son las cavidades naturales habitadas en la Prehistoria. La característica principal de estas edificaciones, importantes por sus particularidades espaciales, reside en las connotaciones socioculturales que poseen debido a los usos que se les han asignado y cuya función —en el seno de las diferentes culturas que las han albergado a lo largo de la Historia—, ha sido fundamental para comprender la construcción y el funcionamiento del pensamiento colectivo. Una cuestión que puso de manifiesto la fuerte e indisociable relación del individuo con su grupo de pertenencia, considerando la dimensión social de la persona.
El abandono de los lavaderos condujo a la sociedad, inevitablemente, a explorar otras vías de sociabilización, de interacción. Nuevos espacios se erigen como centros temporales de la vida social de la comunidad.

“La-Re-Mi-La/ Festa de la Roba Bruta” propone recrear el uso que se les daba a los lavaderos enfatizando, como el título indica, la ropa sucia y el hecho de festejarla, paseándola en procesión, para limpiarla y exhibirla fuera del ámbito doméstico, en lo que vendría a ser —así puede interpretarse— una inversión del proverbio castellano “La ropa sucia se lava en casa”. Una variante derivada de “Los trapos sucios se lavan en casa”. La expresión existe en otras lenguas, idéntica o con variantes. En vasco se dice: “Etxeko faltak, etxen gordetu”, cuya traducción sería: “La caca, limpiarla en casa, y no sacarla a la plaza” . El significado alerta sobre lo mismo: el deber de ser discretos con los asuntos personales y resolverlos de puertas para adentro.
En el caso que nos concierne, al alterar dicha expresión y transferirla al espacio público, por medio de esa marcha simbólica, podría parecer que la propuesta de Jordi Colomer desee aleccionar a la clase política exigiéndole mayor transparencia en el ejercicio de sus funciones. ¿Estamos ante una propuesta artística de carácter político? ¿El proyecto pretende espolear el pensamiento crítico de la población y denunciar la corrupción de las clases dirigentes? La retahíla de consideraciones podría extenderse varias páginas, puesto que estamos ante una intervención artística con múltiples registros de lectura (económicos, ideológicos, de género, lingüísticos, arquitectónicos, religiosos...).
La obra de Colomer adquiere tintes sociopolíticos desde que sale a la calle y comienza a interpelar al paisaje ―Anarchitekton (2002-2004) o l’Avenir (2011) son dos ejemplos emblemáticos. La arquitectura, el urbanismo, la organización y el desplazamiento de las masas son instrumentos en manos del poder para preservar, organizar y perpetuar su visión del mundo. Por tanto, cuestionar la ordenación del territorio, reivindicar la calle, tomarla, sembrarla de dudas o celebrarla bajo cualquier pretexto siempre fue la vía más efectiva para avivar el conflicto y debatirle al poder sus estrategias de coerción social.

“La-Re-Mi-La/ Festa de la Roba Bruta” propone sacar a relucir las prendas sucias de la gente para enjabonarlas y tenderlas en la plaza pública, a la vista de todos. Un carnaval cuyo sujeto es la ropa inanimada a la que las manchas dotan de personalidad. El bando del día anterior animaba a la población a comprometerse con la suciedad más íntima: “Llevad calzoncillos, camisas y pantalones, sujetadores y calcetines, bragas y camisones…”. El conflicto reside en atreverse o no a mostrar la ropa sucia en público. Como despojos sobados, malolientes, de uno mismo. También las tachas de nuestro cuerpo social, en tanto que la ropa nos define y nos encasilla en una u otra clase. ¿Qué prendas osará exhibir la gente? ¿Harán gala de sus mejores vestimentas o la ropa tiene clases y la sucia remite siempre a los atuendos del día a día? ¿Los trapos sucios nos igualan, desdibujando las diferencias sociales, culturales, raciales que nos distinguen? La fiesta no existe sin el conflicto: es el eje vertebrador del relato mediante el cual se subvierte temporalmente el pacto social de no agresión. La fiesta es un escenario reglado para la catarsis social, pero sin heridos de bala.
A las cuatro de la tarde la gente acude en masa al punto de salida, el lavadero de la calle Sant Bernat. El público se divide entre quienes llegan con baldes atiborrados de ropa, en el papel de improvisados actores, y quienes asumen el rol de público, de comparsa.  De forma natural, los vecinos se han repartido las funciones en la representación. La banda de música del pueblo afina los instrumentos. El compositor Carlos Santos ha reelaborado su pieza LA-RE-MI-LA para la ocasión (una composición original para piano de 1979), adaptándola a la banda e incorporando al tenor Toni Comas, para el cual ha escrito un libreto delirante inspirado en Sant Mateu. La música de la banda acompañará la procesión entre los dos lavaderos en que se desarrollará la acción.
El relato escrito por Colomer está bien barajado con la realidad y puede confundirnos, hasta el punto de pensar que no existe tal representación, cuando las reglas de juego saltan a la vista. Un grupo de viejas se encarga de desvelar con sorna los entresijos de la ficción: “¡Nunca habíamos visto a tantos hombres lavando!”. Los vecinos frotan y enjabonan las prendas con frenesí, sumidos en un silencio que la música realza y sublima dotando a la simple acción de lavar de una épica grandilocuente. El público se reblandece, sucumbe a la emoción y abandona la actitud desconfiada y burlona del principio, cuando llegaron luciendo movimientos gallináceos: paso medido, lento, vigilante; mirada analítica, corta, esquiva.
El cuadro es de una gran belleza. Los gestos repetitivos de los actores, la voz del tenor, la luz filtrada por las ventanas y reflejada en el agua, la potencia de los vientos y los tambores…, todo nos sume en un trance hipnótico. Las caras de los espectadores así lo expresan: embobadas, incrédulas, incapaces de creer que aquello que han visto centenares de veces pueda conmoverles hoy así. Un espectador reprende a su hijo: “¡En el teatro no se habla!”. La prueba definitiva de que los vecinos asumen el artificio y lo bendicen.
La comitiva abandona el lavadero siguiendo al histriónico tenor que controla a la perfección los tiempos, los gestos, los silencios. Toni Comas es un gran intérprete dotado de una genial comicidad. Viste túnica de saco y sombrero de paja, inspirado en Hermógenes “el Bomba”, un popular personaje de Sant Mateu. Hermógenes era un vecino muy gordo y muy pobre que vagabundeó de casa en casa gracias a la inestimable hospitalidad de sus paisanos. Su proceder, un tanto estrambótico, consistía en comprar tanta comida como le alcanzara la paga semanal y comérsela durante el fin de semana. El lunes volvía a no tener nada que llevarse a la boca. Requerido acerca de su bulimia ―imagino que por cualquier vecino harto de alimentarlo de lunes a viernes― respondía, dicen: “Si mañana me muero, ¿quién se comerá toda esa comida?”. La respuesta no desentraña la singularidad de su obsesión. A pesar de todo, podemos pensar que fue alguien querido y, en cierta forma, admirado por las gentes de la comarca. Una personalidad tan extravagante y una política de gastos tan exquisitamente irracional sólo se soportan si el personaje posee una simpatía inconmensurable. Murió en el hospital de Castellón y fue enterrado en la fosa común. 
La colada se trajina al segundo lavadero donde se esclarecerá para tenderla en la Plaça Pla de Baix. Las mujeres de mayor edad ―¡coquetas!― se apoyan el balde en la cabeza o en la cadera en una fenomenal demostración de habilidad. El tenor guía el paso de la marcha parando en cada una de las casas donde se sospecha que vivió temporalmente Hermógenes. Un homenaje sentido al Fenómeno y una manera de vincular el pasacalle con el lugar. La procesión avanza lenta seguida de la banda. El tenor corretea, los niños lo persiguen, sube a un balcón desde donde canta una estrofa, las cámaras fotográficas enloquecen, el público boquiabierto lo jalea. La gente se lo pasa en grande: se burlan de este o de aquel, vacilan a una lavandera, piropean a una niña presumida que también acarrea su barreño e imita los andares de las veteranas. El ambiente festivo inunda la calle mayor.
La operación se repite aparentemente igual que en el otro safareig: la banda interpreta, de nuevo, el nuevo LA-RE-MI-LA, el tenor canta, actúa, y los actores esclarecen las ropas. La diferencia reside en que la tarea que ahora se impone es la del aclarado. Una suerte de exorcismo colectivo que da pie a una disquisición poético-religiosa según la cual la acción pretende purificar a través del poder simbólico del agua nuestras deshonras, o nuestros pecados, ciñéndonos a una interpretación estrictamente religiosa. El pecado de la gula, si frotamos un lamparón de la camisa, o el de la lujuria si luchamos contra el rastro impuro de algo en una braguita. “La Fe os hará Inmortales”, canta Comas. Y lo repite hasta tres veces para que a nadie se le olvide. ¡Glups! Protesta el desagüe ―¡glups! ¡glups!―, dejando que se pierda la vergüenza rumbo al mar.
Fin. Aplausos de gran teatro lírico. Sólo falta colgar la ropa en el larguísimo tendal de la plaza. Conformar con las prendas inmaculadas un mural, una bandera. La gente colabora: se pasan las pinzas, se ayudan mayores y niños… Y una vez tendida la ropa se la miran orgullosos y, poco a poco, regresan a sus casas. Más contentos.

“La-Re-Mi-La/ Festa de la Roba Bruta” es una propuesta reconocible en el conjunto del trabajo de Jordi Colomer, pero única en tanto que la vivimos en directo, transitándola, interactuando con los elementos dispuestos, siendo parte activa del cometido y del contenido de la obra. Somos intérpretes y audiencia, a la vez, y está en nuestras manos modificar el devenir de la acción. Además, la propuesta ha sido pensada expresamente para inserirla en el calendario de fiestas de Sant Mateu y, por tanto, repetirla cada 8 de marzo. Una pieza seriada, pero siempre distinta. La cuestión es si será posible arraigarla en el imaginario colectivo. Si así fuera, estaríamos, probablemente, ante la mejor obra de Colomer hasta la fecha, ya que se trata de una apuesta para enraizar una obra artística en el territorio e inmortalizarla en la memoria colectiva, proyectándola directa hacia el futuro. Un concepto naturalizado en la piel de un paisaje físico y humano. Una obra incuestionable, impagable, inmaterial, imposible de trasladar… Una pirueta conceptual que recogería el testigo quimérico de aquellos primeros conceptuales que aspiraron a un arte desmaterializado. O remontando la Historia del Arte, la propuesta podría interpretarse como una suerte de materialización de los relatos pintados por Brueghel. Un artificio tan vital, tan grotesco, tan ridículo y extraordinario como el hecho de pasear unas tinas de ropa sucia por las calles de un pueblo podría convertirse en la primera obra de artista reproducida como fiesta popular.
¿Quién teme al arte contemporáneo? Los habitantes de Sant Mateu no.

04/ 2014